CAMPAÑA LIBEREN AL DIVINISIMO
La semana pasada nos dimos cuenta de que algo estaba mal en el barrio. Hacía
mucho tiempo que nadie veía al Señor-Señora, más conocido como El
Anticristo. Su nombre verdadero es José Pizarro, tiene cuatro hermanos, una
mujer y un hijo, estudió en el Liceo José Victorino Lastarria, donde se
supone que conoció a Jorge Shaulsohn, fue vendedor de libros, y un día
decidió, tras despedirse de la razón, abandonarlo todo y entregarse a la
gran vida de la vagancia. Instaló dormitorio en las afueras del edificio
Diego Portales y abrió un pequeño bazar ambulante que por lo general atendía
en la vereda de la calle Lastarria. Ahí ofrecía a distintas horas lo
descubierto en sus recorridos. Caminaba desde Pedro de Valdivia hasta el
cerro Santa Lucía, sin alejarse nunca mucho del río. A veces bordeaba el
Parque Forestal y si estaba cansado se sentaba sobre una grada en la esquina
de Mosqueto, abría las piernas, y se abanicaba con las polleras. Gordo y
vestido de mujer, deambulaba sin rumbo fijo pero con paso decidido, siempre
detrás de un carro de supermercado.
En el último tiempo le dio por juntar dos, según nosotros para tener su
propio transcarro. En ellos acumulaba todo tipo de cachureos. Lo suyo era la
arqueología instantánea. Botellas de Coca-Cola, peinetas usadas, latas
vacías, gorras de baño, clavos guachos. Calcetines. Broches, etc. Verdaderas
joyas para los museos del futuro y basura para sus posibles clientes
inmediatos. Usaba, y entiendo que sigue usando, pañuelo en la cabeza.
Llevaba delantal de cocinera. Tenía voz de pito.
Repentinamente, por motivos impesquisables, donde la inspiración cayera, se
largaba a predicar. Les hablaba a todos en particular y a nadie en general.
Sus frases se dirigían a quien fuera que pasara. Era un cascarrabias
inofensivo. Para quien se lo topara, era la locura asomada por la ventana.
Algunos veíamos en él ciertos brotes que podamos en nosotros. La noche del
15 de mayo se subió a una ambulancia, engañado, dice él, por policías y
paramédicos. Los murmullos explican el suceso por presiones de las
inmobiliarias que construyen en la cuadra. El Señor-Señora, para ellos,
sería un estorbo indecoroso. Quizás sea la vista de la pobreza lo que los
violente. El Anticristo, como su enemigo, eligió los andrajos. No creo que
lo haya hecho, sin embargo, para dar ejemplo de nada. Muy por el contrario,
todo indica que soltó las riendas, dejó de pensar lo pensable y se arrojó
dichoso a las calles como a las aguas de un río. ¿Por qué sacarlo de su baño
a la fuerza? Sus gritos inconexos, ridiculísimos, apasionadísimos,
dementísimos (él todo lo termina en ísimo), nunca sonaron tan destemplados
como ahora que no están. A este barrio, el señor Pizarro le hacía un favor
enorme: nos recordaba que las opciones son muchas, que no todos los caminos
llegan a Roma ni tienen por qué llegar allá, que no hay bien más caro que
uno mismo, que si todo se exagera nada pasa desapercibido.
Hoy está interno en una clínica siquiátrica. Nadie lo va a ver. Sus captores
le aseguraron que cuidarían su carro, y ahora lo invitan a darlo por
perdido. No tiene nada qué agradecer.
Por Patricio Fernández
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